En el impresionante disco/película Inside de Bo Burnham y, sobre todo, en sus descartes disponibles en YouTube, ronda la idea de la muerte sin jamás mencionarse directamente.
Incluso si pudiéramos hablar con él, sus respuestas serían insuficientes sobre cosas como ese quiebre en la voz cuando canta “The Chicken” (literalmente una canción sobre una gallina que cruza al otro lado del camino) o si es una obvia metáfora sobre su propia y tematizada depresión, proyectada en una pobre ave que queda petrificada ante las luces altas de un auto.
Es que no hay experiencia más radical, terrible y urgente de sentido que la muerte, donde desconfiamos de nuestra propia mente, de lo mágico y de lo racional al mismo tiempo, ya que nos excede tanto que solemos evadirla con palabras como “pérdida” o “cruzar el arcoíris”.
Este libro se hace cargo de eso de una manera más clara que esta introducción. La enfermedad y muerte de su abuela se vuelve una especie de laboratorio: escribe un diario, lo desborda hacia el ensayo y, al final, pregunta qué pasa con las palabras cuando el mundo se rompe.
Un relato íntimo que, al hacerse público, se vuelve un instrumento para pensar qué decimos, y qué no podemos decir, cuando alguien desaparece, y qué queda de esa lengua privada después de la pérdida.
Escribir cuando todo te pesa
La premisa es simple: “empecé a escribir cuando me di cuenta de que la abuela iba a desaparecer de verdad”, confiesa la autora. La enfermedad de la abuela activa un diario que busca fijar gestos o frases para no perderlas del todo.
El texto se organiza como un relato que acompaña vivencias muy concretas —hospitales, visitas, silencios en casa— con reflexiones sobre identidad, tiempo, memoria y dolor.
Las preguntas que abren la sinopsis ya marcan el tono: “¿Cuánto tiempo va a durar este dolor? ¿La enfermedad nos aleja de nuestra identidad? ¿El pasado desaparece o permanece de alguna manera? ¿Cuánto dolor puede sostenerse en silencio?”.
El duelo se transforma en ese espacio donde el yo mismo se desarma: se desordena, se extraña, no sabe si sigue siendo el mismo.
En ese caos, la enfermedad actúa como fuerza que desbarata la continuidad biográfica. El cuerpo y la mente de la abuela se deterioran y la autora se interroga por el tipo de persona que aparece en esa transformación, por la distancia o tensión entre la figura recordada y la figura presente.
Porque la identidad se vuelve algo inestable, sometido al tiempo, la pena, el daño, los recuerdos o el recuerdo de eso que ficcionamos y que asumimos como real.
Escribir = reconocer
Una frase clave del libro resume todo: “escribir funciona como un acto de reconocimiento que visibiliza lo que va a desaparecer”.
La escritura no promete consuelo ni cura. Solo promete que dará algo de estabilidad, de orden o de claridad a esos momentos.
Eso le da a la escritura un carácter casi ritual: no se escribe solo para uno mismo, sino para hacer existir por última vez a alguien que está dejando de estar.
O sea, el lenguaje queda entre la presencia y la ausencia, entre el cuerpo que ya no responde y la memoria que se niega a soltar.
¿Lágrimas de alegría?
Wittgenstein habla de “juegos de lenguaje” específicos que se activan cuando alguien muere: expresiones privadas, clichés sociales, silencios, bromas nerviosas, fórmulas religiosas, todo mezclado.
Ese juego deja vestigios en los nuevos modos de hablar. Acá, por ejemplo, se ve en miniatura: frases que solo significan algo dentro de la familia, expresiones que cambian de sentido cuando la abuela ya no puede decirlas, palabras que se cargan de peso porque ahora se pronuncian en pasado.
El lenguaje del duelo es contradictorio: social y privado, racional y sin razón, preciso y balbuceante; escribir sobre él es intentar darle forma sin traicionar esa contradicción.
Otros ensayos sobre muerte y lenguaje, como el de Delphine Horvilleur en Vivir con nuestros muertos, insisten en que las palabras “capitulan” ante la muerte y que lo único que queda es el rito, el misterio. Martínez Rodríguez parece estar de acuerdo en parte, pero insiste en que seguir escribiendo es una forma de no aceptar del todo esa capitulación.
Su libro propone un gesto político básico: cuidar el lenguaje en el borde del silencio, negarse a hablar del duelo solo en fórmulas gastadas, insistir en que cada pérdida merece una lengua que la piense.
En esa insistencia hay una ética: tomar en serio las palabras que usamos cuando alguien muere y pensar en cómo hablamos de muerte en los medios, en los hospitales, en la política, en los espacios culturales; y qué pasaría si en lugar de repetir fórmulas (“se fue”, “ya descansa”) aceptáramos que, cuando alguien muere, también es otra cosa quien habla.