
Vicente Huidobro y su poema inédito a Buffalo Bill
Buffalo Bill Romance, de Carlos Pérez y Dani Sanchis, cruza la torre Eiffel, el show del Salvaje Oeste y un poema de Huidobro que estuvo guardado casi cien años. Un libro raro, en el mejor sentido.
Casullo sostiene que el populismo no es una anomalía democrática ni un engaño, sino un género narrativo: un pueblo dañado, un villano externo aliado con un traidor interno, y un líder que encarna la reparación. Leímos ¿Por qué funciona el populismo? pensando en Chávez, Trump y también en Kast.

En general, la ciencia política convencional trata al populismo como una gripe del sistema inmunológico democrático. Dolor de cabeza, dolor de garganta y mucosidades invadiendo a las sociedades con crisis institucionales, pero que pasará una vez que los votantes maduren cívicamente o se recupere la estabilidad económica.
Una fantasía tecnocrática reconfortante, por supuesto, que asume la política como un ejercicio de administración contable y deliberación habermasiana, donde los ciudadanos evalúan programas de gobierno como quien compara tasas de interés hipotecario o, si queremos ser un poco más contemporáneos y realistas, menús de cafetería de especialidad.
Pero se olvidan de cuando el electorado prefiere a un líder transgresor, hiperbólico y abiertamente hostil a los consensos de las élites (aunque finalmente termine integrado a ellas). Se habla de demagogia, de manipulación mediática, de clientelismo o de ignorancia popular. La pregunta correcta es otra: ¿qué pasa si la gente no está engañada, sino que responde a una representación que le dice, sin intermediarios, de qué está hecha la lealtad política?
Esa es la grieta por la que entra María Esperanza Casullo en ¿Por qué funciona el populismo? (Siglo XXI). El título mismo opera como una provocación frente a los marcos teóricos del institucionalismo liberal. En lugar de preguntarse qué falló en una democracia para que emergiera un fenómeno populista, Casullo examina el mecanismo interno de su eficacia.
Su tesis es que el populismo funciona porque es, ante todo, una forma específica de creación de identidad colectiva que opera a través de dos dispositivos articulados:
a) la estructura narrativa del mito político
b) la encarnación de éste en el cuerpo del líder
Casullo se apoya en el célebre giro discursivo de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe1, pero aterriza sus abstracciones posmarxistas al terreno de la sociología cultural y la pragmática de la comunicación.
Recordemos que Laclau definía el populismo como la lógica misma de lo político. Es decir, el proceso mediante el cual una serie de demandas insatisfechas y dispersas se articulan en una cadena de equivalencias frente a un enemigo común, condensándose finalmente en el famoso significante vacío (el nombre o la figura del líder).
El problema de quedarse únicamente en esto es que su formalismo explica la arquitectura lógica del antagonismo, pero no mucho sobre por qué ciertos relatos prenden emocionalmente mientras otros mueren en la irrelevancia burocrática.
Casullo llena ese vacío proponiendo que el discurso populista no es una ideología con contenidos programáticos fijos (por eso puede moverse entre la izquierda redistributiva o la derecha nativista sin perder su mecánica), sino un auténtico género narrativo. Y como tal, cuenta con una estructura fija: el mito populista.
Todo mito populista organiza el caos social mediante una matriz dramática compuesta por tres posiciones actanciales y un motor temporal.
Primero, existe un héroe colectivo, el pueblo, que ha sufrido un daño histórico o presente (una expropiación económica, una humillación simbólica, una invisibilización cultural).
Segundo, ese daño es la obra deliberada de un villano dual: un enemigo externo poderoso (el FMI, el imperialismo, la burocracia globalista, los migrantes) que actúa en complicidad con un traidor interno (la oligarquía local, la casta política, la élite ilustrada que le dio la espalda a los suyos).
La distinción del traidor interno es el núcleo de la eficacia retórica del modelo. A un adversario político convencional se le debate y eventualmente se pacta con él en el parlamento; a un traidor se le señala y se le expulsa de la comunidad moral.
¿Les suena parecido?
Al encuadrar la disputa pública como la reparación urgente de un daño perpetrado por una alianza entre foráneos y renegados locales, el populismo transforma la apatía de la gestión cotidiana en un drama épico de redención.
El tercer elemento cierra el circuito: el líder, cuya función no es administrar un contrato de representación delegada, sino encarnar la capacidad de agencia del pueblo para reparar ese daño.
El libro se vuelve entonces una matriz para resolver una de las discusiones más agotadoras de la teoría contemporánea: la diferencia estructural entre los populismos de izquierda (el ciclo sudamericano de Chávez, Morales, Correa o el kirchnerismo) y los de derecha radical (Trump, Bolsonaro, Orbán o el de Kast, que por hablar tranquilo y venir de la UDI se suele situar con amabilidad como conservador).
Ambos utilizan la misma sintaxis mítica de héroe dañado y villano conspirador, pero invierten el vector del antagonismo. El populismo de izquierda traza la frontera hacia arriba: el daño proviene de una élite socioeconómica y financiera que explota o excluye a los sectores subalternos; su promesa de reparación es inherentemente inclusiva en términos de ciudadanía social y material. El populismo de derecha, en cambio, traza una geometría triangular donde una élite política o cultural (“los progresistas”, “el Estado profundo”, “los burócratas de Bruselas”) es acusada de traicionar al “pueblo auténtico” (el trabajador nativo, el contribuyente tradicional) para favorecer a un grupo subalterno aún más vulnerable, percibido como un parásito o un invasor: inmigrantes, minorías raciales, feministas o beneficiarios de subsidios estatales.
El golpe va dirigido hacia arriba en la retórica anti-élite, pero la violencia simbólica y material descarga su peso hacia abajo y hacia afuera.
Casullo desplaza el análisis desde el texto hablado hacia la semiótica visual y la performance corporal. Y eso se vuelve muy sorpresivo e interesante. Retomando las categorías de Pierre Ostiguy2 sobre el eje de “lo alto” (los modales tecnocráticos, el lenguaje neutro, la vestimenta institucional, el autocontrol emocional) y “lo bajo” (el habla vernácula, el humor popular, el contacto físico, la exhibición sin culpa del gusto plebeyo), Casullo demuestra que la representación populista opera a través del cuerpo del líder entendido como una sinécdoque transgresora.
En la teoría democrática liberal, el representante ideal debe parecerse a un espejo neutro o a un profesional calificado: alguien que suspende sus marcas particulares para representar el interés general. El líder populista hace exactamente lo contrario. Su cuerpo funciona porque combina, en una tensión constante y deliberada, rasgos de semejanza con el pueblo y marcas de excepcionalidad que lo sitúan por encima de la gente común. No basta con ser “uno más”, ni basta con ser un caudillo superior: el truco reside en la hibridez.
Casullo disecciona este fenómeno a través de objetos y corporalidades concretas de la historia latinoamericana. Piénsese en la famosa chompa de alpaca a rayas con la que Evo Morales recorrió el mundo en su primera gira internacional de 2006.
O en los impecables trajes que ocultan indescifrables capas y capas de Javier Milei, que, por supuesto, sus adherentes fingen que no existen.
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