Es interesante cómo el periodismo cultural suele trasladar términos musicales (“DJ”, “rockstar”, “pop”, “punk”) para intentar dimensionar la influencia y popularidad de un filósofo.
Quizá porque se asume como rareza que alguien que escribe sea capaz de condensar, simplificar y darle fuerza a aspectos de la vida (amor, soledad, malestar) que su disciplina humanista tiende a complejizar. O simplemente para indicarle al lector, siempre inculto o al menos no enterado de las cosas para el reseñista, que este autor sí que es distinto.
Nosotros al menos creemos en lo primero. A diferencia de su “antecesor” Slavoj Žižek, cuyos libros eran totalmente distintos a su figura pública (rizomáticos, oscuros, literalmente balcanizados), Byung-Chul Han se lee rápido y genera recordación, quizá por la estrategia de sus editores de ir segmentando sus reflexiones en libros pequeños, en la tradición de los breviarios o las ediciones de bolsillo.
La expulsión de lo distinto (vaya título) apela a las fallas de la vida cotidiana: redes sociales, ansiedad, hipercomunicación, el FOMO. Pero en lugar de decir algo tipo “teniendo todo para comunicarnos, estamos más incomunicados” o, si somos más elaborados, “el capitalismo nos coloniza la subjetividad para complacer a un Gran Otro”, la propuesta del autor es que el dolor viene de lo positivo, de la buena onda, de la idea de que somos todos iguales. Como diría ChatGPT: no es la represión, es la alteridad, que debe ser expulsada al no poder transformarse en objeto de consumo o argumento de venta.
El otro ya no existe
El ensayo aparece en 2016 en alemán y en 2017 en español, dentro de la colección Pensamiento Herder, como una suerte de continuación de la “saga” que Han viene construyendo desde La sociedad del cansancio y La sociedad de la transparencia.
Está organizado en doce secciones breves, con títulos como “Miedo”, “Umbrales”, “Alienación” o “Escuchar”, que describen los efectos de la hipercomunicación, el hiperconsumo y la lógica neoliberal sobre las relaciones sociales y las subjetividades. La contratapa lo resume así: “Los tiempos en los que existía el otro han pasado. El otro como amigo, el otro como infierno, el otro como misterio, el otro como deseo van desapareciendo, dando paso a lo igual”.
Ahí está el eje central: ya no vivimos en una sociedad que se define por un otro enemigo y amenazante, como en el viejo esquema de la lucha de clases o la confrontación ideológica, sino en una que absorbe y neutraliza la diferencia al convertirla en más de lo mismo.
Del cansancio al infierno de lo igual
Han insiste en sus libros en que el capitalismo neoliberal dejó de funcionar como sistema disciplinario clásico, con mandatos y prohibiciones claras, para mutar en una sociedad del rendimiento, donde cada sujeto se explota a sí mismo en nombre de la libertad, la productividad y la autorrealización.
En ese contexto, la represión es reemplazada por la depresión, el burnout, la ansiedad por no alcanzar el ideal de rendimiento y la sensación de insuficiencia permanente.
Acá la tesis va incluso un paso más allá: el problema ya no es solo la autoexplotación, sino la desaparición del otro como figura que pone límites, que resiste, que incomoda. Lo que Han llama negatividad.
La sociedad que describe es un lugar donde todo debe ser transparente, disponible, consumible, amigable. Lo distinto, en cambio, es ruido, opacidad, retraso: un obstáculo para que la información y las mercancías circulen sin fricción.
Y como no hay un enemigo afuera, la violencia se vuelve hacia adentro. Lo dice la misma contratapa: “La expulsión de lo distinto y el infierno de lo igual ponen en marcha un proceso destructivo totalmente diferente: la depresión y la autodestrucción”.
El miedo a no ser diferente
Lo que enferma a la sociedad, según Han, no es la prohibición ni la represión, sino “la hipercomunicación, el exceso de información, la sobreproducción y el hiperconsumo”. Traducido a la vida real: timelines infinitos, notificaciones, series en maratón, el grupo de WhatsApp del colegio. Una percepción siempre conectada y casi nunca contemplativa.
La presión, además, no viene de un jefe ni de un censor: viene de uno mismo. Nadie nos obliga a ver otra temporada, contestar otro mensaje o subir otra historia. Lo hacemos porque todo el mundo lo hace, y quedar fuera da más miedo que el cansancio. El FOMO de nuevo, pero ahora con marco teórico.
Lo que rompe ese ritmo (lo que incomoda, lo que pide tiempo) queda fuera por simple ineficiencia. Nadie lo prohíbe. Simplemente no rinde.
El fin del otro
Otro eje del ensayo es la globalización como fuerza que vuelve todo intercambiable. Si todo se puede medir en la misma escala (precios, rankings, likes, métricas), se pierde el espesor de las diferencias y cualquier encuentro que no pase por el cálculo.
Para Han, esto no es solo un problema de culturas “periféricas” aplastadas por un centro occidental. Es algo más de fondo: desaparecen experiencias que no calzan con la positividad, como el misterio, el eros o el dolor. Y su respuesta no es más transparencia ni más conexión, sino algo casi modesto: hospitalidad, escucha, belleza.
Por eso este libro conversa con otros suyos, como La salvación de lo bello y Psicopolítica. En ellos, el arte aparece como uno de los pocos lugares donde todavía puede asomar algo distinto, algo que no se deja reducir a función ni a transparencia.
Escuchar
El libro cierra con un capítulo que se llama justamente “Escuchar”, y no es casual. Frente al diagnóstico sombrío, Han propone algo concreto: escuchar al otro, al que no encaja, como práctica política.
Suena a consejo de terapeuta, pero tiene filo: salir de la burbuja de lo igual, aceptar la distancia en vez de la cercanía controlada de las redes, ofrecer hospitalidad donde crece la xenofobia. O sea, devolverle a la vida común el conflicto y la fricción que ninguna optimización comunicativa va a resolver.
En la práctica, eso se parece a cosas bastante simples: la amistad que no se mide en likes, el silencio que no produce contenido, la lectura que no termina en un resumen para compartir.
¿Y qué tiene que ver con Chile?
Desde un contexto chileno, cruzado por estallidos sociales, reformas neoliberales, hiperconectividad y una cultura política cada vez más mediada por redes y memes (ya ni siquiera por el show mediático tradicional), La expulsión de lo distinto ofrece un marco útil para pensar cómo circulan las diferencias y cómo se metaboliza el conflicto.
Los procesos recientes muestran una tensión constante entre demandas que buscan visibilizar lo distinto (clases, pueblos, géneros, territorios) y dispositivos que tienden a homogeneizar esa diversidad en narrativas rápidamente consumibles.
Los contenidos que vemos en redes sociales, por ejemplo, serían formas ambiguas de alteridad: por un lado, introducen ruido, ironía, desajuste; por otro, se insertan de inmediato en cadenas de circulación donde lo distinto corre el riesgo de volverse el nuevo estándar de lo igual: formatos repetidos, ironías previsibles, indignaciones virales que se agotan en su propio loop.
Leer a Han a propósito de esto obliga a preguntarse cuándo un gesto de diferencia abre algo y cuándo termina absorbido como un contenido más. Porque la expulsión de lo distinto no pasa solo por la censura: pasa por algoritmos que premian lo que ya funciona, por una economía de la atención que castiga lo que no se entiende en tres segundos y por una política que necesita eslóganes y sospecha de todo lo que no cabe en una consigna.
¿Qué nos deja este libro entonces?
No mucho en datos duros, y tampoco es su gracia. Lo valioso de La expulsión de lo distinto es que nombra en pocas frases algo que muchos sentimos de forma dispersa: el cansancio de tener que exponerse todo el tiempo, el aburrimiento ante gustos cada vez más parecidos, el miedo a diferenciarse y quedar solo.
La pregunta que deja abierta es qué formas de lo distinto queremos proteger (o inventar) en los lugares donde nos movemos: la universidad, los medios, las plataformas culturales, internet. Programaciones que se arriesguen, publicaciones que acepten rarezas, clases que no se reduzcan a rúbricas.
Leer a Han desde Chile no debería ser repetir su vocabulario, sino ponerlo a pelear con lo que ya pasa acá: en la calle, en el arte, en la cultura digital. El libro es un buen mapa de síntomas. Lo que hagamos con él ya es otra cosa.